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lunes, 5 de septiembre de 2011

"Me das miedo cuando me miras entrecerrando esos preciosos ojos..."


-Me das miedo -susurra a terciopelada, su voz a mi oido hambriento de su contacto- cuando me miras entrecerrando esos preciosos ojos, desconociendo tus intenciones. 

Lo que ella no sabía, era que con esas suculentas palabras, avivava mi deseo creciente. Sin saber qué querría, ni qué esperaba de mí, ni de esa noche, lo único claro que tenía además de que no podía apartar mi mirada de ella, era que esta noche no me iba a quedar con la duda de que pasaría si... y despreciando las luces de los focos que iban y venían de un lado a otro del pub, sabía que esta noche llegaría hasta el final. Instantes antes de esas palabras, las miradas se sucedían esquivando las palabras de nuestros respectivos acompañantes, mientras los cubitos de hielo poco a poco se fueron derritindo en su copa a medias, mientras los míos, hacía tiempo que habían desaparecido. Y entre mirada, y mirada, alguna sonrisa primero tímida: fugaz, covijándose de la exposición en cualquier lugar que no fueran sus ojos, pero era tal la curiosisdad, el interés que me suscitaba, que nada me importaba: ni el resto de miradas, ni las palabras: aquella extraña familiarización cuando era la primera vez que la veía, unido a su insistente mirada y mi curiosidad insaciable, dio paso a buscar algo más...


Seguí medio hablando con mi acompañante, cada vez con más monosílabos, pues era ella la que acaparaba cada vez más mi atención, hasta que en un momento dado, se me ocurrió cómo acercarme a ella sin dejar de lado a mi amigo: cuando fui a pedir una copa más, esperé a que estuviera cerca de ella la camarera, escasos metros de donde estábamos, pero los necesarios para trasladarnos y poder estar un momento a su lado: apenas un instante la miré de reojo; el suficiente para divisar la luz de sus ojos, el carmesí de sus labios, su larga melena y aspirar profundamente el perfume que desprendía su cuello, ante el calor de su cuerpo.

Me giré para seguir la conversación por no decir el monólogo de mi amigo y mis monosílabos, dándole a ella la espalda, prestando más atención a lo que podría alcanzar a escuchar de sus palabras entre tanto ruido, conociendo así su voz, que lo que decía mi acompañante, envuelta eso sí, por el elixir de su perfume.
Unas de las veces que fui a darle un sorbo a mi copa girándome ligeramente para que no gotease en un ambiente tan cargado la copa, coincidimos: se rozaron nuestros brazos, acariciando inesperadamente la sutileza de nuestras superficies, erizándose nuestro vello a la vez que sentí su suave piel. Nos sonreímos. 

Me volví a girar, dándonos la espalda, mientras mi corazón ya acelerado reclamaba más contacto ( prendía el deseo en el juego de seducción que habíamos iniciado) pero esta vez, al ver a mi amigo rascarse me dio una idea: oculté mi mano destrás de mi espalda, me moví un poco para disimular que me estaba rascando, cuando en realidad, estaba acariciando con la parte externa de mi mano su espalda. Al primer contacto inconscientemente se apartó, pero al verme reflejada en los cristales de la pared, al otro lado de la barra, como apartaba la mano arrepentida quizás por la precipitación, o la inadecuación, ella se acercó a mí dando medio paso atrás cogiéndome de la cintura con la mano y atrayéndome a ella con una intensidad, en la que no hicieron falta manos: directamente nuestras espaladas se chocaron para después separarnos y acariciarnos de aquella singular manera... hasta que cuando mi traviesa intención fue a sumergir mis dedos bajo su ropa, la preocupación de mi acompañante por el tiempo que llevaba supuestamente rascándome asaltó estrepitosamente deteniendo las caricias:

- Estas bién?.
-Sí tranquilo. No me pasa nada.
-¿Segura? Si quieres podemos ir a otro garito que no sea de ambiente.
-No, no - me apresuré a decir- estoy bien. En serio


Fui a dar un sorbo a la copa cuando en el cristal de la pared, la descubrí mirándome. Le sonreí pero se inmutaba: seguía mirándome fijamente y seria: concentrada en no sabía qué. Quieta: como si se hubiese detenido el tiempo, mientras a nuestro alrededor todo se movía. Bajé un poco la cabeza mientras la seguía mirando: quizás le había molestado. Entrecerré los ojos, tratando de averiguar, de encontrar una razón de por qué estaba reaccionando de ese modo. Hasta que en ese duelo de miradas directas, finalmente, abandoné y volví con mi compañero al no tener una explicación para su conducta. Al poco, cuando él fue a tomar un trago a su copa, escuché en mi oído un susurro inesperado: 

 -Me das miedo -susurra a terciopelada, su voz a mi oido hambriento de su contacto- cuando me miras entrecerrando esos preciosos ojos, desconociendo tus intenciones.


Y acto seguido se fue ocultándose entre la multitud, no sin antes rozar con sutileza en una caricia, mi mano, erguiéndome y manteniendo durante escasos segundos la respiración. Sorprendida, y apunto de ocultarse entre la multitud, y perderla, entre luces, gente y afortunadamente, ya sin el humo del tabaco, se giró un momento y me guiñó el ojo. Inmediatamente después sin dejar pasar un segundo, interrumpí a mi compañero:
-Ahora vengo.
-De verdad que estás bien? Estás muy rara esta...

 
Recorrí sus pasos: la seguía entre la multitud, esquivando vasos, chicos guapos que por una vez no trataban de acosar, chicas indiferentes, alguna con otra intención, mientras parecían escanearnos los focos del pub, nuestra perseguida seducción, como los focos de dos presidiarias de la rutina que se fugan (en busca de aventura (aunque para otras, precisamente esa o mejor dichos esas aventuras era su prisión)).

 
La llegué a perder. Me giré mirando a todos los lados: podría estar fuera, o quizás aún dentro , mientras unos hablaban, otros tan sólo sostenían la copa, otros bailaban, otros se movían llevando el ritmo alternando el peso de sus cuerpos... me puse de puntillas y entonces, creí ver las puntas de sus cabellos al vuelo entrando al aseo. Tan sólo fueron unos centímetros: podría ser cualquiera, no necesariamente ella, pero algo dentro de mí, quizás la intuición, ni si quiera me avisaba: directamente reaccioné y fui sin pensármelo dos veces hacía allí.


Al entrar salió una chica. Casi nos chocamos. Mientras, escuché como una de las puertas se cerraba, y al entrar me encontré con todas cerradas. Cual de ellas había sido. Podría haberme agachado y ver únicamente los zapatos por si así la reconocía, pero no había habido tiempo para fijarme en su calzado. Error.
Me quedo esperando sin saber que hacer, en cualquier momento alguien puede entrar... y también salir. De hecho, primero sale una chica que no era ella. ya sólo quedan dos. Me la juego al 50%? En ese instante entra una chica.
-Vas a pasar? -me pregunta señalando a el que estaba libre-
-No, pasa tú

 
Pasa cerrando la puerta. pero al poco entra un grupo de 3 o 4 chicas. Apenas se cabía en el cuarto tan pequeño. Me agobió el reducido espacio y el no saber que hacer, así que algo nerviosa, decidí salir y volver con mi compañero.

-Nos podemos ir? Creo que me está empezando a sentar mal la copa.

Ahora?!! Tiene que ser precisamente ahora?!! En fin, quizás al irme del aseo ya había renunciado y lo que menos quería era que mi compañero le diera por vomitar allí mismo.


Al salir fui a coger el taxi, pero su gentileza hizo que finalmente fuera yo la primera en coger el taxi. Vivir, en caminos opuestos, fue lo que me permitió ver una salida.(No sé por qué, pero tenía la misma sensación como si estuviese en el aeropuerto y fuese a coger un avión que me alejaría definitivamente y para siempre de aquella situación: de aquella oportunidad. Sentí entonces cierta desesperación, cierto nerviosismo de nuevo. ¿Cuándo se podría repetir una noche como esa con esas miradas, y que acabase bien? No era un simple adiós: era un hasta luego para él: y un hasta siempre para ella. ¿Cuándo la volvería a ver? Mejor dicho ¿La volvería a ver?
Cogí el taxi, le dije la dirección, nos despedimos con un beso en cada mejilla, para después una vez puesto en marcha, mi corazón acelaraba conforme lo hacía las llantas del coche cada vez más rápido, hasta palpitar. No podía creer que me estuviese yendo. Así, sin más. Me giré: y en cuanto vi desaparecer a mi amigo, sorprendí al taxista, o mejor dicho, le asusté alzando la voz repentinamente:

-Frena!Pare aquí donde pueda.
-Aquí, pero si...
-Paré!! -le interrumpí gritándole quizás un poco agresiva-

 
Le pagué el mínimo: la tasa nocturna, un hachazo que en aquel momento poco me dolío o no fui consciente, pues salí corriendo tras pagar, a la búsqueda de ella. Recorrí las calles, hasta llegar a la que daba al pub. Me esperé en la esquina para que él no me viera, mientras mi mirada la buscaba de un lado a otro de la calle. Pero allí tan sólo estaban los dos chicos que llevaban toda la noche repartiendo vales descuentos y el grupo de chicos un poco más alejados que estaban fumando sentados en un banco. ¿Se habría ido? No podía ser, apenas habían transcurrido 5 minutos desde que cogí el taxi. Salí a la calle y de espaldas a él, al verle que estaba esperando un taxi y de allí no se iba a mover hasta que lo consiguiera, recorrí la calle en su búsqueda y también las contiguas. Pero nada. Para cuando volví a la zona del pub, él ya se había marchado y a ella no la había encontrado. El sueño había desaparecido definitivamente, quedándome con las ganas de conocer su voz, de su contacto: de su piel, de sus besos, de sus caricias, de sus abrazos... Avatida, sin saber por qué, mis pasos me llevaron dentro del pub al mismo lugar de la barra donde habíamos estado. Allí por un momento me resigné a que todo pudiese terminar sin más. Olvidé las canciones que sonaban, las luces que iban y venían, las miradas que se dirigían a mí como carne fresca que era para todas ellas que ya se conocían. Huí de las indirectas, y me refugié en la copa tratando de rememorar todo lo sucedido para que nunca se me olvidase que lo que había vivido no era un sueño y tras la posible resaca la pudiese recordar. Entonces, apareció una chica cualquiera: tampoco presté atención de quien era. Al poco se acercó otra chica: de los gritos de una de ellas alguna palabra se colaba intercalándose con la música que aún seguía alta "con el rumbo fijo y sin mirar atrás... no sé que me das... que me hace volar...", por lo que no lograba entender lo que decía y tampoco quería saberlo. Una de ellas, la gritona finalmente se fue. Eran tan condensados los sentimientos, los deseos, ...de aquel lugar, que tras la copa no tardaría ni un segundo más en irme. La chica con la que antes una discutía se quedó en la barra dirigiéndome más indirectas hasta que se cansó y se largó. Di el último trago, pagué, llevaba una buena noche de tirada, y me marché esta vez sí, a por un taxi que me llevara a casa. Finalmente encontré uno libre después de más de 10 minutos esperando: me subí, dije la dirección, y cuando llegó incluso a avanzar el coche hasta el primer semáforo que estaba en rojo, apenas unos metros de allí, entonces, de repente, súbitamente alguien abrió de ipso facto la puerta que estaba a mi lado. Sin tiempo para pensar, me eché hacia el lado opuesto por temor, cogiendo y entrechando mi bolso, asustada. Entró, y cerró la puerta rápidamente a la vez que decía una dirección no dejando ver su cara por su melena alborotada, aunque el aire que trajo su perfume rápidamente me atrajo.

-Pero no ve que está ya cogido el taxi? Haga el favor de bajarse. -Dijo el taxista. En ese momento, la chica se retiró la melena.- Ya le he dicho que se baje-insitió el taxista- 

Mientras, yo acababa de pasar del miedo, al asombro en un abrir y cerrar de ojos: era ella. Nos quedamos mirándonos, de nuevo deteniéndose el tiempo para nosotras: ella sonrió. 

-Es que no escucha o qué!
-Vaya a la dirección que le ha dicho: ella viene conmigo-setencié la discursión.

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