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domingo, 11 de marzo de 2007

El despertar de un adiós.

Un joven se encuentra solo ante el espejo lavándose las manos tras salir del quirófano. Alza por un momento su mirada, y a la vez que se quita con desgana el gorro dejando entre ver su despeinado cabello rizado, se contempla a sí mismo. Sus oscuras ojeras cansadas de trasnochar, resaltan sus ojos verdes en un rostro apagado, agotado y pálido. Estira su cuello aquejado de fatiga, le cruje y tras suspirar profundamente, mira el reloj: son más de las 9 de la noche. Llevaba 8 horas de su turno, 12 de la guardia y 7 del turno del día de hoy: ya solamente le quedaba 1 hora en la que no solía haber mucha gente por lo que sólo era cuestión de hacer un poco de tiempo.


Desde que comenzó a trabajar, a la familia solamente la visitaba en fechas señaladas, y hablar de relaciones de amistad o de amor era algo que en contadas ocasiones habían entrado en su agenda y las veces que lo habían hecho, siempre había encontrado dificultades o excusas para finalmente no poderlas mantener y abandonarlas: dejarlas escapar. En definitiva, carecía prácticamente de vida social al margen del hospital donde sus pacientes diariamente le recibían con cualquiera de las siguientes variantes: vómitos, tos, diarreas, estornudos, gritos, llantos, desesperación, quejas por la tardanza... Cómo aguantar tantas horas aquel suplicio sin llegar uno a volverse loco ni dormirse en mitad de un diagnóstico: eso era un misterio. Comenzó con la cafeína: un café por las mañanas con el estómago vacío, otro a media mañana, al comer... pero llegó un momento en que todo él era pura cafeína comenzando por su aliento y terminando por esa necesidad diaria.


El día no parecía terminar, ni el turno llegar a su fin. El cuerpo de nuevo le pedía más cafeína pero en el preciso momento en que se dirigía a satisfacer su adicción, le llamó su adjunto para que atendiera a una paciente que le esperaba en una de las cortinas sentada en la camilla, pues ahora después iba a acudir él. A medida que se iba acercando la observaba y ya frente a ella no le cabía ninguna duda de que se trataba de una bella chica joven de veintitantos años, melena castaña, alta, de elegante complexión, vestía con vaqueros y una fina blusa azul, lisa piel y dulce voz que ocultaba sus ojos bajo unas gafas de sol.

Era extraño hablar con alguien sin poder mantener contacto ocular en un espacio cerrado, pues no sabía si ella de algún modo sentía o adivinaba mi presencia y pese a que era consciente de que debía de tratarla como a otra paciente más, lo cierto era que con ella intentaba tener más cuidado, ser más delicado desde el primer momento, comenzando por suavizar el tono de mi cansada y bronca voz pues sentía una cierta debilidad. Escuché con atención su queja y a medida que le iba realizando las pertinentes pruebas, intentaba mantener una conversación formal donde fluían las palabras sabiendo que como profesional, no debía de traspasar el límite. Sin embargo, a guarda un instante. Un instante que aunque efímero, parece hacerse eterno. Con el tiempo detenido, recorre las facciones de su rostro: su mentón, sus labios, su cuello... siempre con la incertidumbre de si ella lo estará sintiendo, o adivinando. Siente que desearía robarle un beso, acariciar su piel... pero también siente que está en desventaja, porque ante todo, quisiera darle precisamente lo que no está a su alcance: darle la luz de sus ojos con la que poder ver. No puede evitar sonreír aunque no le pueda ver. Ha agitado su acorazado corazón.


¡Qué tenemos por aquí! Le sobresaltan las palabras de su médico adjunto despertándole del sueño. Coincidiendo los resultados de las pruebas con su intuición, le trasmite su propio diagnóstico: será necesaria una pequeña intervención. Tras asegurarse el médico del acertado diagnóstico con las pruebas en la mano, me sentía con ánimos de terminar un poco más tarde mi jornada laboral y realizar aquella fácil intervención. Vaya a ver si hay un quirófano libre: después se puede marchar. Desearía asistir, no me importa salir hoy un poco más tarde. Además, este tipo de intervención no suele tener ninguna complicación. Hágame caso y váyase: lleva muchas horas trabajando. Me lo agradecerá. Disculpe que insista pero quisiera asistir a la operación.

Se cansa el médico, se retira unos pasos de la paciente y me dice terminando sus palabras con una falsa sonrisa: no se haga el duro conmigo, si le he dicho que se vaya, se va y punto. Me da igual que le guste o no. Aquí quien toma las decisiones soy yo; que para algo tengo los años de experiencia que tengo y no usted que tiene poco más que la carrera y una oposición, así que no intente dirigir a su antojo. Tómeselo como un consejo, ¿está claro? Y ahora, lárguese; ya me preocupo yo de buscar quirófano. El orgullo del médico por encima de todo


Me marché abatido sin hacer ruido ni decir nada, pero sorpresa de mí:

- Hasta luego. -se despidió ella con una serena sonrisa al escuchar mis pasos-

- Adiós -le respondí yo-



El problema de estar tantas horas allí, no es sólo no saber cómo aguantar, o cuándo vas a salir, sino también resulta una incógnita el cómo vas a volver a casa. Conduciendo por una carretera secundaria para no coger atascos, rodeada de inmensos pinos que se ocultaban entre las sombras de la oscura noche, los párpados cerraban mis ojos cansados, pero yo los abría. Bajo las ventanas para que entre el aire frío de afuera y me despeje, pero mi agotamiento parece ganar la batalla y de nuevo, los párpados caen y yo los vuelvo a abrir mientras el coche sigue a gran velocidad. Se cerraban y los abría, se cerraban y los abría, se cerraban... y lo siguiente que recuerdo es despertar en esta habitación del hospital donde trabajaba. Aún aturdido por la anestesia, siento un cosquilleo en la mano derecha. Deslizo la izquierda entre mi piel y la blanca sábana, pero extrañamente no la encuentro. La retiro, y estupefacto, me encuentro con que no hay nada más allá del codo vendado. De repente se me hace un nudo en la garganta, asciende un frío ardor por mi cuerpo, contengo las lágrimas, siento el duelo: una mezcla de odio, miedo y pesar. Creo que mi vida se ha hundido en un instante, tantos años de esfuerzo y dedicación... solo de pensar en eso no soy capaz de contenerme y desbordado, gimo de dolor pero entonces, escucho de repente una dulce voz que dice: tranquilo, lo peor ya ha pasado; ahora solo puedes ir a mejor. Me giró de ipso facto al reconocer su voz. Era ella, en la otra cama de esta pequeña habitación. Se encendieron mis ojos alumbrando el camino. Ahora me siento mejor.


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