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martes, 7 de noviembre de 2006

Temporal-mente nublado




Miro por la ventana antes de salir de casa, poco más que adivinar el sol se puede, mas no queda más remedio que seguir con la vida y salir.
Ya en la calle, con el suelo mojado y la atmósfera húmeda, el agua resbala hacia las alcantarillas sino es que se estanca en los charcos. Camino sin nada detenerme, y al poco de cruzar la calle y entrar en la gran avenida, llega el viento que azota compulsivamente trayendo nuevas nubes más oscuras, cargadas de agua, introduciéndonos en el abismo.

Es increible a veces con qué facilidad puede llegar a diluviar de forma tan rápida. En escasos segundos, empiezan las primeras gotas y en lo que dura un parpadeo, ya lo único que ves es una neblina de agua que ocupa sin límites toda tu visión trasladandote a otro lugar. Intensamente cae del cielo al suelo, empapando irremediablemente todo lo que a su paso se encuentra. Entonces, la gente corre, se protege con lo que puede, hasta que llegan y esperan debajo de los balcones a que pase o al menos mengüe su intensidad mientras otras personas continuan sus caminos a la vez que la lluvia se adelanta a sus pasos, floreciendo así sus tormentos. La oscuridad acecha a la ciudad y a la vez, los faros de los coches son los únicos que irradian luz en este día nublado.

Agua que emana incesantemente y de forma salvaje de las nubes, acostumbra a ser odiosa para las personas, pero no es así para las que descubren que en un día posiblemente irrepetible por suerte o por desgracia, no les importa salirse de los esquemas habituales de la normalidad una vez mojados y así danzar en los charcos, ir a contracorriente del agua que recorre las calles, o reirse de la situación y hacer una mayor locura aún: dejarse empapar por la precipitada precipitación, como si ésta sólo existiera en tu imaginación ocupando cualquier lugar de la vía, de la calle libre por la que practicamente sólo transeunta la crispada lluvia. Tan real, como la adrenalina que recorre tu cuerpo dejando atrás el frío hasta que vuelves a la realidad y de tus zapatos, no hace más que salir agua por las numerosas gotas que le han impactado, y también por las que resbalando y recorriendo tu cuerpo, ahora se segrega de éste y se ahogan con el resto, fluyendo rápidamente como rios de cristal que discurren hasta llegar a las bocas de acero donde desaparecen, ocultándose entre callerías que recorren sujetas al cemento.

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